domingo, 18 de junio de 2017

Día del Padre: Carne para el asadito

Esta es una de las más decentes, será porque está amarrada.


Hace una semana que vengo recibiendo "divertidos" mensajes por el día del padre, divertidos digo por decir algo, porque todo en exceso cansa. Me llenaron el celular de fotos de mujeres exhibicionistas mostrando todo lo que uno se puede imaginar y lo que no se puede imaginar también... son tan descaradas las muchachas esas, las de las fotografías, que me parece que debería intervenir alguno de esos movimientos feministas, de defensa de la mujer o de lo que sea, porque estas locas las están dejando a todas mal paradas; mientras otras, no precisamente mujeres, han debido quedar muy bien paradas y, bueno... tengo el celular que ya parece catálogo de prostíbulo, y me da vergüenza...

- Oiga, ¡¿Y por qué no elimina esas fotos si tanto le disgustan?!

- No sea metiche, oiga, inoportuno como siempre.

Claro que las he borrado, pero antes tuve que mirarlas porque uno no sabe lo que es hasta que lo ve; no se puede andar con esa carga tan pesada en el bolsillo, me refiero al celular, no a otra cosa porque esa otra cosa no se lleva en el bolsillo. Así vemos que los tiempos están cambiando, antes había hombres que pasaban su vida sin ver una, salvo los ginecólogos, porque los demás se la encontraban en la oscuridad, o en un ángulo desfavorable para el examen directo de la cosa, o de manera tan fugaz que no había tiempo que perder ni ganas de ponerse a investigar los distintos elementos exteriores y/u/o/e interiores; se hacían las cosas más o menos al cálculo y se agarraba más que se miraba, dependiendo de... de qué, pues de la colaboración recibida o no durante la función, actividad, diligencia y/o/u ocupación de lo no expuesto pero tal vez imaginado... pero no siempre, total, se pasaban la vida, se iban las ganas y se morían sin haberla visto bien ni mal; mientras que ahora, aun sin quererla ni buscarla se te presenta en todas partes, es como el aire y el agua, elementos omnipresentes en la existencia, y ahora esa, la innombrable cosa, retratada en blanco y negro y en colores, en vista fija y movimientos, en plano, perspectiva y 3D; al natural o deshuesada, ejem... no, digo depilada o rasurada, vaya con la cosa, siempre presente hasta donde no se la espera, abundante como nunca antes, despojada no solo de vestimentas sino de recato y misterio, ya no es esa cosa que se esconde, es la cosa que te salta a la cara al menor descuido, y puede venir agazapada hasta en el saludo de tu mejor amigo. ¡Ya no se puede confiar en nadie! 

- ¿De qué está hablando, oiga?

- De qué va a ser, pues; de eso... no me diga que no la ha visto.

Antes se la buscaba, se la espiaba, se la imaginaba... En cambio ahora ya hasta molesta con tanto insolente descaro, con su perenne y atrevida presencia. Tengo por allí un libro de profecías de los años cincuenta del siglo pasado, que acierta algunas pocas cosas, y entre las que acertó hay una que me parecía difícil de realizarse, y decía:

"La mujer se desnudará en público, escandalizando primero, molestando después"; ¡cómo van a molestar, no señor! decía yo, llevado por mi puro entusiasmo juvenil en aquellos tiempos pudorosos; si quieren desvestirse que se desvistan nomás; y ya ven, hemos llegado al momento que anunciaba la profecía.

- ¡Ja! ¿Me va a decir que le molestan? No le creo.

- Ya le dije que no sea metiche.

¿Y la poesía? - Pues con esa ternera al palo; la carnecita para la parrilla; el keke y el merengue; ya no me atrevo a hacer versos porque no sé qué cosa me pueda salir, esta vez, por respeto al público lector, me limitaré a lo siguiente:


La ternerita


Me la traen bien atada
de las patas y el pescuezo,
como soy bueno la dejo
que corra con la manada;
yo prefiero una ensalada
que no me trae problemas,
como es fresca no te quemas
y es siempre bien aceptada.

Pero nadie piense mal
que no he cambiado mis gustos,
solo alejo los disgustos
evitando lo animal,
aunque a la menor señal
de un retozo mano a mano,
ya no soy vegetariano
y me meto hasta el corral
~

domingo, 11 de junio de 2017

¡Qué mundo tan lindo!


Es un mundo hermoso, no hay duda de ello, lo notamos cuando observamos las maravillas de la naturaleza; también las obras del hombre, tanto en el arte como en la ciencia y la tecnología, son impresionantes, como para sentirse orgullosos, pero... siempre hay un pero, las armas, las guerras, la contaminación y el desperdicio; el egoísmo que lleva a unos pocos a querer acaparar todo lo que sea posible sin importar a quienes dañen, es la parte fea de este mundo tan lindo.
Algunos se mueven en este mundo como peces en el agua, a pesar de lo mencionado, y no cabe una explicación completa del porqué en tan pocas líneas, ni tampoco una clasificación de quienes son esos, pero así, como en una charla, podemos distinguir algunos tipos entre los mejor adaptados a este estado de cosas.
Seguramente que estar adaptado a una sociedad enferma no dice nada bueno del individuo, ya lo dijeron grandes hombres, pero tratemos de ser justos: 
Hay quienes están ocupados de su propia supervivencia, lo cual les toma todo o casi todo su tiempo, y no podemos exigirles casi nada.
Otros también están ocupados, pero no tanto: algún tiempo les sobra y lo dedican a su bien merecida distracción. Lo malo es que hay tanta distracción que todo el tiempo del mundo no alcanzaría para atenderlas todas, y aquí pasamos al siguente grupo.
Los que se pasan la vida distraídos y ni siquiera reparan en que lo están, para ellos la vida es eso, qué más iba a ser... Despacito... canción que ha revelado hasta qué punto somos manejables. Siento vergüenza de ser humano.

- Oiga, pero también hay que distraerse ¿no?

- "También" sí, pero este estado de permanente distracción nos va a llevar al desastre.

Siguiendo con esta simple enumeración de adaptados, tenemos a aquellos a quienes por el momento les va bien en este estado de cosas; algo saben o intuyen pero prefieren no ver. Eso sucederá mientras el pedazo de barco en que están no se haya hundido todavía, pero estamos todos a bordo de la misma nave, y posiblemente cuando les toque mojarse ya será demasiado tarde.

En la mayoría de los casos el hecho de sentirse a gusto con la realidad depende solamente del éxito o fracaso personal; el que está bien, se adapta fácilmente aunque cerrando los ojos a la parte desagradable del mundo, mientras que quienes reclaman, posiblemente no lo harían si cambiara su situación personal y no necesariamente debido a una mejora del conjunto de la sociedad. Esta actitud hace la solución aún más difícil, si es que existe una solución que pueda hacerse realidad desde el punto en que estamos.

Y, pasando ya a la cima de la clasificación, tenemos a quienes no solo disfrutan de la situación, sino que la crean y la sostienen. Gente sin duda inteligente, más que la mayoría, suponemos, pero no sabemos qué plan será el que tengan para salirse con la suya al final de todo esto.
Mucho me temo que no tengan plan alguno, y solo serían la parte mejor acomodada del apartado anterior.

- ¿Y los inadaptados van a salvar el mundo?

- Desgraciadamente, no lo creo.

 

¡Qué mundo tan lindo!


Despertar por la mañana
con trinos de pajaritos
y soportar por la tarde
picaduras de mosquitos,

eso no es nada señores,
debo estar agradecido;
hay otros que han padecido
cosas mil veces peores;

mirar pasar los aviones
contra el claro cielo azul,
pero si estás en Kabul
te haces en los pantalones;

explosión a media noche,
seguro es alguna fiesta;
mas si estás en zona expuesta
es una bomba en un coche.

Pero que mundo tan lindo
nos tocó para vivir
¿nos tocó? mejor decir
que nos vino de castigo

¿Y tú qué hiciste papá?
¿Y qué hiciste tú, abuelo,
para tratar de arreglarlo
y dejarlo más ameno?

Lo que hice fue trabajar
con honradez y decencia,
aunque salvé mi conciencia
nada pude reparar;

si con dejarme matar
algo hubiéramos ganado,
mi vida la hubiera dado,
te lo puedo asegurar

¿qué ganaba con dejar
unos hijos sin un padre,
abandonada una madre,
y nietos sin alegrar?

Pero que mundo tan lindo
el que les voy a dejar,
si no lo puedo arreglar
tengo valor de vivirlo.
~

domingo, 4 de junio de 2017

sueños



Vivir de sueños no es recomendable, pero vivir sin sueños es peor. No necesariamente hay que estar dormido para soñar, eso lo saben los soñadores de diferente especie; y así como no siempre recordamos lo que soñamos dormidos, pocas veces olvidamos lo que soñamos despiertos. Usamos la misma palabra para dos situaciones diferentes, lo cual nos hace ver lo insuficiente del lenguaje, por más rico que sea, cuando lo enfrentamos a la realidad. 
“Hay más cosas en cielo y en la tierra, Horacio, que las que pueda soñar tu filosofía” dijo Shakesperare a través de Hamlet, y esas cosas no pensadas ni imaginadas es natural que no tengan nombre; el lenguaje es el intento humano de describir la realidad, y lo va haciendo a medida que avanza en la tarea... desgraciadamente también corre el riesgo de retroceder en épocas en que el intelecto parece  atrofiarse.

La poesía puede ser como un sueño dirigido, y es una de esas la que va a continuación. Amar y soñar ¿Eso nos hace más humanos? No lo sé, porque creo que hay animales que aman y que sueñan. ¿O es solo parte de mi sueño?




Soñaba


No sé si era contigo,
o quizás con aquella
que me quedó grabada,
la del carácter franco
y la sonrisa bella;

o con la dulce niña
de labios color fuego,
que en medio de algún juego
yo le enseñé a besar
y le enseñé a llorar...

tal vez soné con esa,
la del amor perdido,
la que nunca se ha ido
porque dejó su influjo,
porque dejó su encanto.

Quien sabe si esa otra
de inocentes placeres,
que todavía quieres
y le dedicas coplas,
como amor imposible,
como un ente intangible.

Tal vez yo no soñaba
mas me soñaba ella,
y preso yo en sus sueños
fallé en reconocerla;
como en aquellos días
no supe comprenderla.
~

domingo, 28 de mayo de 2017

Suicidio




Pensaba que todos su asuntos estaban arreglados, al menos hasta donde es posible arreglar los asuntos, porque día a día se van multiplicando; pero en fin, estaba hecho lo más importante, no quería dejar las cosas desordenadas ni problemas pendientes. Fue hasta el cuarto de baño, abrió con cierta solemnidad la puerta espejada del botiquín y mientras su mano derecha la mantenía abierta, con la izquierda tomó el frasco oscuro que contenía las cápsulas blandas del suplemento de vitaminas y minerales; no encontró lugar mejor para esconder una cápsula que entre otras muchas cápsulas; con cuidado escogió la que necesitaba mientras pensaba que ese botiquín siempre estuvo mal colocado, por eso no se quedaba la puerta en su lugar, al abrirlo siempre había que sostenerla para que no se cerrara sola, y pensó también... así como esta pequeñez... cuántas cosas más habrá que he pasado por alto, no jodan, tampoco tengo que arreglar el mundo antes de irme... pero todas estas medicinas se van a vencer aquí, se van a desperdiciar; vivía solo y no había quien las pudiera usar; ya la heladera estaba casi vacía... pero ésto, se le había pasado por alto. Metió todo en una bolsa de plástico... Farmacia La Preferida... vaya nombre, ganas de joder, como si uno va a tener de preferida a una farmacia... se rió el solo de su ocurrencia, como ya era costumbre, se reía solo porque el sentido del humor le burbujeaba dentro, aún en esta hora que podría denominarse fatal, él por lo menos sonreía, tal vez pensó fatal... rima con animal... y con el pobre Pascual y hasta con su mujer, la loca esa que siempre lo trata mal, a Pascual, no a él, menos mal; con él no se metió nunca.

Pobre Pascual, si no viviera tan ocupado hasta lo hubiera invitado a este viaje sin retorno, pero estaba seguro que no se iba a animar, más bien trataría de convencerlo a él de no hacerlo, por eso ni le comentó sus planes. Ni a el, su mejor amigo, ni a nadie.

Salió de la casa, sacó la llave para asegurar doblemente la puerta, como cuando se iba de viaje y se la quedó mirando como si fuera un objeto inesperado, y en verdad lo era porque no había pensado qué haría con ella. Le dio dos vueltas a la cerradura, más para darse tiempo de pensar que por asegurar la casa, ya no importaba tanto la casa, pensó, entonces tampoco importa mucho la llave.

La arrojó sobre el césped que ocupaba casi mitad de la acera a un lado de la puerta, sin mirar bien dónde caía... casi no escuchó nada, el césped amortiguó el impacto; se dirigió hacia la canastilla de la basura, donde dejó la bolsa con las medicinas, ya pasaría alguien a hurgar y se las llevaría. Van a automedicarse... y a mí ya qué me importa, ya me voy a librar de eso también.

Todo lo que necesitaba estaba en el bolsillo de su pantalón: junto a la billetera con su identidad y cien pesos, llevaba la cápsula del adiós, la que con tantas recomendaciones le entregara el sujeto del laboratorio, sin preguntar, porque ese era su negocio, indicándole solo cómo debía usarse, ya fuera en uno mismo o en otra persona, eso no le importaba, solo que le paguen, nada más. Buena gente el tipo, no era preguntón ni desconfiado, o tal vez su experiencia le evitaba tener que averiguar.

Tanto había pensado donde dejar sus despojos... en una plaza, no, muy visible; en un hospital, no... odiaba ese ámbito, prefería morir a ser atendido en un lugar de esos; un restaurante... no, cómo va a ir uno a molestar a la gente, a malograrles la velada...

Con acierto o sin el, había pensado que la sala oscura y medio vacía de un cinema sería un buen lugar; no el lugar perfecto porque lugar perfecto para eso no existe, quien sabe si comprarse un nicho y meterse en el; pero allí, en el cine, si lograba irse sin muchos aspavientos, podrían descubrirlo al finalizar la función, los empleados del lugar simplemente llamarían a la policía que haría su trabajo, que para eso se les paga, y se iría sin molestar ni perjudicar a nadie. No tenía familia, y poco le importaba qué hicieran con sus restos una vez que se hubiera ido. Quien sabe si terminaría en alguna facultad de medicina; no le preocupaba que auscultaran sus entrañas porque nada suyo irían a encontrar en ellas, qué contradictorio: él no era eso que quedaría tirado allí. Buen provecho, gusanos.

Llegó al cinema, cerca de la ventanilla sacó el billete de cien pesos y compró su entrada, se quedó mirando el vuelto desconcertado por un segundo, no le importaba ese vuelto, pero debía tomarlo para no llamar la atención.

Entró y se acomodó tranquilamente en la última fila, el cine estaba casi vacío, día de semana y mala película: la combinación perfecta para conseguir algo de privacidad y comodidad a bajo costo. Una pareja de enamorados llegó y lo miró con desconfianza; fueron a sentarse al otro extremo de la hilera, mejor, ojalá no venga más gente... quien va a querer ver esta cojudez... para todo hay público... no se puede creer; aunque estos, como yo, vienen para otra cosa.

Empezó la función, algún drama de dudoso gusto, propaganda subliminal, cursilerías... no hay ningún peligro de engancharse con este bodrio y postergar la partida, pero por consideración la la gente el hombre quería hacerlo cerca del final, para no interrumpir la función si por algún motivo era descubierto sin vida antes de que se encendieran las luces. Gente considerada como el debería vivir, los que debieran suicidarse no lo hacen, precisamente porque les sobra conchudez y les falta un mínimo de delicadeza. A este paso solo quedarán ellos, los sinvergüenzas, y harán del mundo su propio reflejo: un infierno. Pero al autor del cuento no le está permitido buscar la moralidad o inmoralidad del mismo, del cuento ¿quién lo dice? - pues lo estoy diciendo yo ahora.

Al fin, con cierto nerviosismo, comprensible porque uno no se suicida todos los días, hurgó en el bolsillo del pantalón... la cápsula... dónde está la cápsula... aquí está; mientras moría un tipo en la pantalla, de cáncer o de cualquier cosa, también, con la vida que llevó cómo no se iba a morir el personaje, se la llevó a la boca y la mordió, como se le había indicado; algo debía quebrarse pero no lo sintió, solo un gusto amargo lo hizo estremecer levemente pero no se detuvo, tragó lo que tenía en la boca y esperó... esperó...

A la gran flauta, ni el veneno, cianuro de potasio, o lo que fuera lo preparan bien en este país de cuarta. Felizmente, porque el sujeto se imaginaba que podía despedirse tranquilamente de este mundo, pero en realidad el cuadro que presentaría sería horrible: parálisis respiratoria, convulsiones: todo un show de pataleo y estertores; como dije, una muerte horrible, imposible de pasar desapercibida.

Transcurrió un cuarto de hora y el hombre no estaba muerto. Acabó la película, que se la tuvo que tragar entera, se encendieron las luces y la gente salió. Para eso no estaba preparado, si tuviera una pistola se volaba los sesos allí mismo, de puro amargo, pero no la tenía porque era enemigo de la violencia.

Al final, lo vemos de cuclillas buscando la llave cerca de la puerta de su casa, la bolsa de la Farmacia La Favorita ha desaparecido ya de la canastilla y quien sabe si en ella no está la cápsula del fin de los días. Le tocará a quien le debe tocar, no se pudo torcer el destino.
~
P.S. La preocupación acerca del paradero de la cápsula perdida le produjo un cuadro de estrés, con la consecuente subida de la presión arterial. El llamado asesino invisible lo mató poco después, no en el cine, se lo cargó en el baño mientras tomaba una ducha. Considerado el sujeto, dejó su cadáver bien limpio.

~

domingo, 21 de mayo de 2017

El ángel de la noche




Parecía un mal sueño, uno de esos sueños circulares en los que uno no puede conseguir lo que quiere; me encontraba perdido en unas callejas sin sentido ni orientación y además perseguido y amenazado, buscaba cómo salir de allí y cada intento llevaba a una peor situación. Estaba perdido. Había salido de casa ese día en un automóvil pequeño: 1100 cc y llantas de 13 pulgadas que entraban completas en cada bache con el golpe correspondiente; y para peor, cambio automático; un auto frágil, delicado; un bonito juguete que me prestó mi amigo Lucho, el mecánico, mientras reparaba mi coche; lo iba a tener por una semana - ¿Éso? dije al verlo - No tengo otro, me había respondido, entre apenado y divertido. De verdad me sentía disminuido dentro del caótico tránsito; ya pasará, total... no es mío y son pocos días, me decía mientras extrañaba la aceleración rápida y la potencia de mi vehículo.
Ya por la tarde, de regreso a casa, me encontré con que habían cerrado la avenida principal debido a una protesta contra el alcalde; de que se merece la protesta, no tengo ninguna duda, porque al menos en lo que a mí atañe puedo dar fe que muchas calles son casi intransitables, las pocas que quedan se utilizan de tal manera que presentan los más absurdos conflictos, con el consecuente peligro que esto ocasiona, y precisamente por éso estaba yo circulando en auto ajeno; y, tal vez para no ser menos malo que otros, el recojo de la basura es absurdamente mezquino - aunque sobre este último cargo hay que reconocerle el atenuante de que mucha gente es puerca y no resulta sencillo mantenerles limpio el chiquero. Yo me he desentendido un poco de estas cuestiones porque no hay nada que pueda hacer al respecto, además de pagar mis impuestos que parecen ir a una especie de agujero negro, y jamás, lo que se dice jamás, he tirado siquiera un minúsculo papel a la vía pública. No es que esté orgulloso de ello: es lo mínimo que se puede esperar de un ser racional; más bien me siento algo avergonzado de no poder hacer nada; es que, aquí en confianza, les digo que soy incapaz de moverme en ese mar de corruptelas y acomodos que es la política. Si tuviera un cargo probablemente no duraría una semana, y mejor que así sea, porque si llego a permanecer por más tiempo, me convertiría en una especie de Stalin sin bigotes... o hasta me los podría dejar crecer para completar el parecido.
Debido al corte de la avenida tuve que desviarme por calles secundarias, y si las principales ya son una desgracia, estas parecían trochas para acémilas; creo que está demás decir que no conocía muy bien por donde me metía, y después de recorrer varias callejas tortuosas, de ¿trazado? curvo que iban derivando de a pocos a un lado u otro, terminé por perder completamente el sentido de ubicación, ya no se veía el sol, aunque un resto de claridad vespertina me daba una vaga idea de donde estaba el oeste, lo cual en esos momentos ya no importaba tanto porque no sabía bien donde estaba yo. No tenía GPS.
Continué avanzando sin rumbo fijo. Las calles y casas parecían cada vez más precarias, más primitivas y pobres; me alejaba de las zonas urbanas más conocidas y me internaba en barrios de los que nada sabía pero algo imaginaba: hay zonas en las que si ingresa un extraño; alguien que no tenga algún conocido entre los vecinos; se expone a las peores situaciones, se vuelve uno presa legítima del primer sujeto que se percate de tal situación: el barrio se convierte en una trampa para el desorientado intruso. El autito hacía lo que podía, pero entre calles cada vez más irregulares y montículos de tierra o escombros que fueron apareciendo, no era mucha la agilidad que podía esperarse de el. Mientras no se quedara atorado en algún hueco, me daba por bien servido.
Tras varios minutos, tal vez quince, llegué a un lugar alucinante; algo como un ruinoso laberinto que parecía haber sido alguna vez un proyecto de conjunto habitacional que por lo visto nunca se terminó; unas horrorosas estructuras de cemento carcomido y renegrido por el tiempo, las lluvias y la intemperie, surgían de lo que parecían islotes en un mar de escombros y basura y las que deberían ser calles eran apenas caminos marcados en la tierra por el paso de caminantes, eso: de a pié; ninguna huella ni espacio suficiente para circular con ningún vehículo que no fuera una moto o una bicicleta. Me detuve, claro. No había forma de seguir y la certeza de que debía volver por donde había llegado me asustó, porque no me sentía capaz de dar con las mismas calles y caminos, menos aún en sentido contrario.
Se acercó un individuo joven; no esperaba yo que fuera apuesto ni tenía por qué serlo; pero el pobre tenía un inquietante aspecto: flaco y nervioso, con ojos como brasas amarillentas y greñas que le cubrían la frente y caían en mechones sobre su rostro; yo traté de mostrarme tranquilo para no precipitar las cosas, digamos que un posible asalto que para entonces ya consideraba la menos mala de las situaciones a enfrentar. Le pregunté cómo podía salir de allí y me respondió que si seguía un poco más hacia adelante podría llegar a una calle secundaria que salía a la avenida No sé Cuántos... ¿Hacia adelante...? ¿Seguro? - Sí, siga nomás... - muy bien, muchas gracias; avancé con cuidado para no dañar el auto por una trocha inclinada que puso el vehículo en una incómoda posición de casi 45 grados hacia la izquierda, mi cuerpo ya se apoyaba contra la puerta y me parecía que faltaba poco para que el auto se volcara. Mientras hacía el esfuerzo de conducir por ese lugar de pesadilla, con la tarde muriendo delante mío (o sea que iba hacia el oeste... saberlo ya no me servía de nada), escuché un escandaloso concierto de silbidos y gritos que me hicieron entender la cruda realidad: había caído en una trampa, no había salida a ninguna calle y los delincuentes de la zona se aprestaban a atacarme. Estaba claro.
Al no haber posibilidad de dar la vuelta, lo que hice fue cambiar la marcha y empezar a retroceder; si para adelante era difícil imagínense para atrás, que la visibilidad es casi nula y la maniobrabilidad completamente diferente. Estaba en una situación muy difícil, ponía toda mi atención en no volcar el vehículo y escapar de allí antes que llegue la temida turba que ya se veía juntarse en los dos extremos de la trampa en que estaba. Menos mal que el auto respondió; aunque con dificultad y sacudidas; las patinadas fueron pocas y la tracción perdida se recuperaba pronto. Con un vehículo mayor tal vez tendría alguna ventaja, pero en esa caja de fósforos me sentía casi descubierto.
Llegué al fin al lugar de mi última parada, allí donde pregunté si había salida, y me dispuse a dar la vuelta para tratar de huir hacia cualquier parte, más o menos en la dirección por donde había llegado hasta ese sitio de mierda. Maniobraba para poder volver cuando se acerca el primero en alcanzarme; venía con dos palos, pensé que golpearía los vidrios... pero no, extrañamente lo que hizo fue tratar de meterlos entre las ruedas, a través de los espacios de los aros de las llantas, seguramente, que por ser pequeñas los palos no entraban, además que el auto no estaba detenido, yo lo movía hacia adelante y hacia atrás para conseguir la posición que me permitiera salir por la única calle que se veía, la misma por la que había llegado. Al fin se rompió el palo, el muchacho furioso golpeó el vidrio pero no lo hizo con fuerza suficiente, no lo rompió, entonces tiró el palo más grueso delante del auto para tratar de detenerlo, no había nada más que hacer que tratar de pasar por encima, podía ser que las pequeñas llantas no lograran subir sobre el palo, y así fue por unos instantes, el palo avanzaba delante empujado por las las llantas hasta que se atracó en algo y los neumáticos comenzaron a patinar, no pasaban; entre un impulso y otro al fin el auto montó sobre el obstáculo y avanzó, faltaba ver qué pasaría con las ruedas traseras, en ese instante un fierro aguzado rompió la ventanilla lateral trasera derecha y el vidrio hecho minúsculos pedazos quedó en parte colgando de la fina película del polarizado, el fierro con parte de los fragmentos del vidrio cayó dentro del habitáculo justo cuando las ruedas traseras pasaban sobre el palo, quedando liberado, al menos por el momento. No escuché ningún disparo, menos mal; para suerte mía casi parecían maleantes del medioevo: aparte del fierro que quedó dentro del auto, tenían solo palos y piedras, y de estas últimas no llegué a recibir ninguna.
Se oían gritos y silbidos desde todas partes, no dejarían escapar la presa sin intentar otras artimañas. Llegando a la primera esquina una moto-carga, o triciclo motorizado, obstaculizaba una de las calles, pensé que si no querían que fuese por allí, pues por allí mismo debía ir, y metí el pequeño auto, casi del mismo tamaño que el artefacto, pasando por un lado, mientras la carrocería de fierro del moto-carga chirriaba por toda la lateral del pobre vehículo; me estremecí de pensar cómo quedaría, pero lo importante era salir de allí, aunque fuera con el carro hecho pedazos. Había que salvar la vida, porque en caso de caer en manos de esa gente, posiblemente terminaría muerto, se trataba de robar sin dejar rastros y no de secuestrar.
Fue buena la elección de la vía por la que había optado porque era una calle más ancha y parecía que iría a dar a alguna parte menos salvaje de la que ahora escapaba.
Un par de motociclistas trataron de sacarme del camino sin conseguirlo y más adelante alcancé a un viejo camión que iba en la misma dirección que yo; si no me dejaba pasar estaría en mayores dificultades. Por algo así como medio minuto el camión siguió su lenta marcha por el centro de la calle, pero por algo que ignoro me dejó pasar, aunque solo toqué la bocina una vez para evitar ponerlo contra mí; parece que se dio cuenta que algo iba mal y por lo que hizo, sé que no era una mala persona, todo lo contrario, una vez que estuve delante alcancé a ver que el camión se detenía atravesado en la calle, y se bajaban de la cabina dos hombres, aun pude ver que se dirigieron a pié en sentido contrario al que yo recorría ahora un poco más tranquilo.
Seguí avanzando y la poca gente que había miraba extrañada el auto a causa del vidrio roto y la tremenda huella del moto carga que habría quedado en ese mismo lado. La tarde terminaba y comenzaba la noche, la noche es joven, pensé, y por eso mismo más amenazante.
No saldría de allí sin ayuda, ya me parecía haber sido tragado por el bosque de casuchas y callejones y no tenía un camino de migas de pan para salir del laberinto; no tenía una cuerda salvadora que me llevara hasta la salida de esa alucinante cueva.




Al final de la cuadra, oscura, iluminada solo por los faros del auto, vi una silueta inconfundible, a la vez femenina y exhibicionista; no podía ser nada más que eso, una prostituta. Vaya paradoja, que lejos estaba yo de ser un cliente... pero en fracciones de segundo entendí que era la ayuda que estaba necesitando, justo lo que le venía pidiendo desesperadamente a sea cual fuera la fuerza que pone orden en el caos. Me detuve rápidamente a su lado y abriendo la portezuela le dije sube, sube, ya hablamos en el camino. Y claro, se subió.

- Vamos al mejor motel que conozcas, no soy de aquí, guíame.

Así me aseguraba salir de esa zona tan caótica y peligrosa, ningún motel decoroso podría ubicarse entre sus calles, por llamarlas de alguna manera.

- Sigue de frente, llegando a la esquina dobla a la izquierda - y agregó - yo cobro ciento veinte...

- Está bien ¿Cómo te llamas? - pregunté solo por cumplir, porque hay oficios en los que se trabaja de incógnito y nadie espera que le digan su verdadero nombre.

- Lily... - respondió coqueta - ¿me vas a pagar, no?

- Claro... 

Tenía el cabello negro, cortado con cerquillo recto, boca muy roja sobre el rostro blanco, y expresión risueña y feliz que parecía brotar de los ojos, también negros y de grandes pestañas... postizas seguramente; no le presté mucha atención pero lo rememoro ahora que transcribo con tranquilidad esos angustiosos momentos.

Y mirando el destrozo preguntó qué me había pasado, nada, respondí, y no volvió a hablar del asunto.

¡Bendita sea la moza! era una profesional decente que se dedicaba solamente a lo suyo. Realmente me salvó, no puedo negar que gracias a ella estoy aquí escribiendo lo que escribo, pero me quedaron unas cuantas interrogantes existenciales que hasta ahora me inquietan; por ejemplo: 

- Si está bien regalarle el dinero a quien está trabajando y de esa manera negarle la dignidad de ganarse el pan con su esfuerzo. No creo correcto rebajar a nadie a ese nivel.

- En segundo lugar, no sé a qué o a quién agradecer por la ayuda brindada a través de ese ángel de la noche, ese ángel vestido de negro que me sacó del arrabal del infierno. Pagar una misa de agradecimiento con el dinero salvado me parece una incongruencia.

- Y por último, aunque está asegurado, llevar a reparar el auto a otro taller, me hará sentir desleal con el amigo Lucho.
~