domingo, 2 de octubre de 2016

Discriminación en el Perú II


Parte 2 de 2

  
acoso38.rssing.com/chan-6353765/all_p12.html

De víctimas a victimarios.

 

Estoy seguro que esta segunda parte ha de causar mayor polémica que la primera, porque estar contra la discriminación de toda una raza es algo que nos acomoda a casi todos, incluso muchos racistas se sienten cómodos adhiriéndose a los argumentos dados, claro que sí, aunque sólo sea de la boca para afuera. Pero acusar a los cholos de discriminadores ya es asunto más delicado, habrá quien me discuta o descalifique pero, como la veracidad de este relato es aplastante, lo dejo aquí bien puesto, como tiene que ser, para que lo aprecie quien quiera entenderlo.
Quiero resaltar antes de seguir con mi historia, lo dicho en la primera parte: que el cholo siempre ha sido el más discriminado en el Perú, lo que molesta doblemente pues además de ser una injusticia vienen a hacerla personas que ni los entienden, aunque esa última condición está presente en la mayoría de las discriminaciones. Toda discriminación que agrede es de por sí injusta y condenable.
¿Qué pasa cuándo es el cholo el que discrimina? Porque hay casos en que es justamente él quien lo hace, ¿Y por qué no? dirán algunos, ser cholo no es ser perfecto. En eso estamos de acuerdo. Creo conocer los dos lados de la moneda.

 

 

La venganza ciega.

 

En algunos casos, la víctima se transforma en victimario. El discriminado, cuando tiene la ocasión, discrimina y ofende al diferente en una venganza confusa, desorientada, pues se venga lo sufrido por él mismo o por sus congéneres en cualquier persona u objeto que tenga la desgracia o mala suerte de coincidir aunque sea ligeramente con el objetivo imaginado. O porque está allí en minoría, simplemente. Entonces, en un ámbito en que la discriminación es usual, nadie está libre de ella.
Como soy yo quien ésto escribe, lo escribo desde mi propia experiencia. Siendo hijo de un hombre de alto desarrollo espiritual, desde niño entendí la injusta posición en que se hallaban los que mi padre, que era extranjero (árabe, palestino y cristiano para mayor precisión) llamaba "los hijos del país" y que tristemente comentaba en qué miserable condición sobrevivía gran parte de ellos. A veces veía pasar a un humilde cargador sosteniendo enormes bultos, a un niño descalzo o a una enjuta mujer amamantando un débil hijo con una escuálida y flácida teta; entonces mi padre, con pena y dolor, señalaba...

- ...y ¿éstos son los hijos del país!?

Como sabemos quienes lo hemos visto, al cholo humilde se le tenía poca consideración. Mi padre ayudaba como podía y un poco más, y yo nunca lo olvidé; daba lo mejor de sí en el intento y les hablaba con afecto, amistosamente, en su propio idioma que había aprendido por el interés genuino que despertaban en él los hijos del país que lo acogieron, con generosidad la mayoría, con fea envidia unos pocos, con discriminación otros tantos; la misma discriminación que pesó sobre mí más adelante y que a mi corta edad se mostraba exagerada.

 
Sería alargar demasiado la narración si agrego las diferentes reacciones que su amable actitud provocaba; la mayoría de las veces era de agrado pero también había quienes se ofendían porque se les hablara en quechua y le reclamaban dolidos: "¿Por qué me hablas en quechua... acaso no sé castellano?"

En ese ambiente enrarecido hasta se ha llegado a acusar de discriminador o lacayo al propio Luis Abanto Morales, excelente persona y memorable cholo, y a su canción insignia Cholo soy de racista. Está difícil la situación, realmente lo digo.

Y en ese enmarañado berenjenal me estoy metiendo yo por mi propio gusto.





Mi experiencia.

 

Yo me sentía tan peruano como cualquiera y hasta la constitución lo afirmaba claramente "....los nacidos en el territorio de la república..." no determinaba si se era hijo de chino, árabe, judío, negro, japonés o marciano. Lo malo es que para muchos, en la práctica, yo no dejaba de ser un árabe nacido en el Perú, nada más lejos de mi íntimo sentir: yo era peruano, me identificaba con el país y su historia, me indignaba sinceramente con las injusticias sufridas por ejemplo por Paco Yunque de César Vallejo, admiraba el valor de José Gabriel Condorcanqui, el  gran Tupac Amaru II, y me apenaba su fracaso; me emocionaba la aventura trágica y la gran valentía de José Olaya y también me divertía cada domingo con las aventuras del Súper Cholo que publicaba El Comercio en su suplemento. Todos ellos cholos y respetables, así era como los veía y compartían dentro de mí el mismo espacio imaginario que personajes de otras nacionalidades; por los valores inculcados y luego por propio convencimiento, nunca discriminé a nadie; al menos no como para ser acusado de racista, aunque alguna vez en el ardor de la juventud, seguramente he respondido a algún insulto de esa clase con otro equivalente:

- ¡Camello de mierda!

- ¡Indio de ídem!


Sin embargo puedo asegurar que desde muy pequeño llevaba conmigo la ética del caballero andante (que para algunos "vivos" equivale a ser idiota) y hasta hoy es esa mi actitud, o por lo menos trato: compasivo con los débiles, severo con los fuertes, comprensivo con mis iguales. Tratándose de esos intercambios de ofensas merezco alguna indulgencia porque jamás tiré la primera piedra, no era mi manera de ser ni lo que creía correcto, pero había que defenderse, y más aún si consideramos el carga montón que me hicieron cincuenta contra uno en el primer año de la secundaria del que más adelante sería mi querido colegio Santa Isabel, pero que esa vez lo odié.



Cambio de colegio.

 

Todo comenzó ni bien entré a Santa Isabel. Por una confusión administrativa caí en el Primero "H", donde estaban quienes repetían el año por segunda o tercera vez, unos muchachotes - varios de ellos hombres hechos aunque no tan derechos - que ya mostraban vello facial, curtidos de castigos y reprimendas, quienes sólo se doblegaban después de dos o tres brutales golpes que el auxiliar de educación les propinaba con toda su fuerza, en el trasero o en los muslos, con un garrote de madera que siempre tenía a mano como parte reglamentaria de su equipo de trabajo, mientras yo, con doce años de edad y recién llegado del colegio Andino, donde el máximo castigo podía ser un reglazo (golpe con una regla en la palma de la mano) o un simple tirón de orejas; donde una amonestación delante de tus compañeros y compañeras de clase bastaba para avergonzarte y hacerte cambiar de actitud; temblaba incrédulo en un rincón del aula observando ese dantesco escenario de golpes, desorden y escandalosas groserías jamás oídas antes... si era eso lo que me esperaba ¡cómo podría soportarlo!
No es que en el Andino no hubiera cholos, claro que los había, pero estaban diluidos en un cosmopolitismo de gringos, chinos, japoneses y otras razas; la composición en Santa Isabel era casi la misma, la principal diferencia era la cantidad. En el colegio Andino no eramos más de treinta y tantos alumnos por salón y sólo había un salón por cada grado, lo que en toda la primaria, incluyendo transición, no llegaba a doscientos estudiantes, se nos llamaba por nuestros nombres y apellidos y la disciplina era más fácil de aplicar; mientras que en Santa Isabel eramos tantos, cerca de dos mil alumnos convivían en la secundaria común diurna, que sólo nos identificaban con un número, y el mal comportamiento tenía mayores probabilidades de pasar desapercibido.

- ¡Veintitres!  

- ¡Presente!

Díganme si no era parecido a una cárcel o a un cuartel, más aún cuando una de las obsesiones de gran parte del alumnado no era otra que escapar de los claustros (o antros) del saber. Para ello trepaban las paredes y hasta hacían forados en las murallas exteriores del colegio que de tan perforadas parecían pinturas surrealistas por la variedad de agujeros y reparaciones que exhibían.

- Papá... quiero volver a mi colegio... por favor...

- Éste es tu colegio ahora.

Así era él: recto, disciplinado, y no aceptaba mañoserías. A las dos semanas, después de investigar y descubrir la causa de mis quejas, mi padre - que era profesor en ese mismo colegio -  intervino y me hizo cambiar a la sección que desde el inicio me correspondía por edad y condición de no repitente, el Primero "A", donde entré como un extraño cuando ya todos los demás alumnos se conocían entre ellos y habían formado sus grupos; y yo, nuevo, blanco y desamparado, fui inmediatamente y desde el primer día víctima del acoso estudiantil de parte de casi todos los integrantes del salón de clase. Algunos estudiantes se compadecían de mi situación y entendían perfectamente el abuso, pero no estaban dispuestos a arriesgarse por mí, sólo dejaban hacer a los más canallas que incitaban la burla y el odio al diferente, que era yo, y a unos cuantos eso parecía motivarlos tal vez a una injusta venganza por desprecios recibidos de otra gente que nada tenía que ver conmigo.



El daño ya estaba hecho.

 

Mi nuevo colegio se parecía mucho más a una cárcel que a un centro de estudios. El tremebundo Primero "H" me había parecido una caótica antesala del infierno, pero debo reconocer que ninguno de los grandulones se metió conmigo, creo que me ignoraban o hasta en ciertos momentos parecían cuidarme; por ejemplo cuando llovían puntapiés y puñetazos por doquier, nunca recibí ninguno, lo que no puede ser solamente producto de la casualidad; estoy seguro que me cuidaban porque me veían más chico y esa vez - principios de los sesenta - hasta los delincuentes tenían códigos de ética, cuánto más esos muchachos que por lo menos disfrutaban del privilegio de asistir a un colegio. Puedo decir que los recuerdo con cierto afecto, pero ni en el peor momento pensé siquiera en la posibilidad de regresar allí.
Ardua fue mi integración en Santa Isabel. El Primero y Segundo de media soporté todas las injusticias, abusos y escarnios imaginables (nada de violencia sexual, valga la aclaración: todo era joda, golpes traicioneros, pequeños hurtos, burlas, insultos y peleas a puños, cabezazos y puntapiés). Me insultaban desde lejos amparados en el anonimato del uniforme y de cerca protegidos en el montón, me trataban de camello o de judío (árabe o judío era para ellos la misma cosa, así como chino o japonés eran la misma cojudez... perdonemos su ignorancia). Me hacían pelear con el más "chico" de la clase, un enano revejido y delincuente contra el que no tenía posibilidad de ganar y que no sólo me regalaba golpes sino que hasta rompía algunos pupitres en su furia. Claro que me ganaba, entre la loca algarabía de la clase: todos contra mí; y porque no se trataba de un pequeño alumnito, no ¡qué iba a ser! ya dije, era un enano que le podía pegar a cualquiera de la clase y que también sufría el escarnio por su baja estatura y se vengaba conmigo delante de un público que lo apoyaba circunstancialmente, a condición de que golpeara al chivo expiatorio; porque luego seguía siendo el enano"cachirulo". Con él me enfrenté una sola vez y en esa ocasión vi el odio en sus ojos, que sólo en parte era por mí porque estoy seguro que ese odio le nacía más que nada por las burlas de que también era objeto; al final de la pelea un alumno se atrevió a acercarse... no a defenderme, sólo vino a hablar conmigo para darme su apoyo moral.

- Son unos cobardes: El "cachirulo" le pega a cualquiera del salón, no es chico... ¡es un enano y bien mierda!

- ¡Tienes razón, claro! Es un enano...

Ya el compañero se alejaba, no fuera que al verlo conmigo los demás se le "prendieran" también a él. El enano era fuerte, cuadrado, tal vez hasta más ancho que alto, y si no fuera por esa antipatía impuesta por los demás, podíamos haber sido buenos amigos.
Así es el acoso. Nadie me defendió, nadie me ayudó de manera alguna y nunca esperé que lo hicieran pues era imposible que alguien se arriesgara a compartir mi gratuita condena, lo que terminó por hacerse costumbre, y yo padecí de los doce a los catorce años la más triste soledad y desamparo, de lunes a viernes de 8 a 12 y de 2 a 5; los sábados solamente de 8 a 12. El fin de semana descansaba.


bitacoraacosoescolarbullying.blogspot.com

El segundo año no fue tan malo, pero lo experimentado con esos mismos compañeros hacía difícil la convivencia y la amistad. Como es de suponer, todo ello repercutía en mi rendimiento, no podía estudiar ni aprender gran cosa, y después de haber sido uno de los mejores alumnos de primaria pasé a ser casi una nulidad al comienzo de la secundaria, hasta que repetí el Segundo de media; podría haber pasado pues tenía tres cursos de cargo; pero mi padre dijo que eso era pasar por agua tibia, y que mejor era repetir el año. Muchos pasaban por agua tibia, era lo más común.

Y así fue que repetí el año. En mi segundo Segundo empecé una nueva etapa, conseguí un amigo, (Loco, a tí te consta) luego otro, y otros más; y más adelante, pasados los años eran todos mis amigos; los de la promoción anterior dejaron de cruzarse en mi camino, salvo algunas raras ocasiones en las que sí pude defenderme porque ya no estaba sólo contra el mundo, y la destruida confianza en mí mismo se estaba reconstruyendo lejos de esos ya no tan pequeños hijos de la gran puta.



Colegio de Machos. 

 

Santa Isabel era un colegio de varones y exigía un comportamiento acorde con esa condición. Hay quien dirá que eso es machismo, lo cual no voy a discutir pues el tema tratado es otro y tampoco soy yo quien inventó esa costumbre. A mí no se me discriminó por no ser lo suficientemente macho, como sucedía con algunos pobres chicos algo delicados, sino por tener un aspecto físico diferente. Eso está claro y quedó aún más patente a medida que fue pasando el tiempo, demostrándolo con mi comportamiento en el día a día con mis compañeros de clase y con los profesores; en la banda del colegio, en la policía escolar  y  en la compañía de bomberos de Huancayo a la cual ingresé como voluntario con 16 años de edad.  

Sólo quedaba aguantarse y tirar para adelante a como diera lugar, ni pensar en contar en casa lo que me pasaba en el colegio, me daría vergüenza y pena hacer sufrir a mis padres que poco podrían hacer. "No te dejes", me dirían... ¿y cómo? no es que me deje o no, ellos hacen lo que les da la gana y son casi todos. No hay nada que hacer, sólo soportar el largo calvario.  El colegio era tan grande, que así como mi padre que frecuentaba los cursos de cuarto y quinto años, muchos ni se enteraban de lo que me pasaba. 

Así crecí, y por fin hice amigos y hasta fui en algunas ocasiones líder o igual entre mis pares. Como dice el filósofo: "Yo soy yo y mis circunstancias".



La solución... hay que lucharla.


Mi simple y particular experiencia me dice que los primeros pasos para la convivencia se dan en la casa y en el colegio (¡Asombroso descubrimiento!). A mí en casa me enseñaron muy bien, lo que me falló fue el colegio: la falta de organización, la mediocridad de algunos empleados y profesores, el desorden reinante; y agregado a todo ello la mala orientación que traían los alumnos de su casa o de su calle, vaya uno a saber de donde venían algunos de esos energúmenos infelices y acomplejados. Y finalmente la impunidad: no recuerdo que nadie haya sido amonestado por estarme jodiendo la vida, lo cual aconteció de forma cotidiana, día tras día, mañana y tarde, durante dos largos años. No me digan que no se daban cuenta, o díganmelo para responderles que algunos eran unos ciegos, incapaces y otros simplemente no podían hacer más porque la situación y el número los sobrepasaba.
Tuve profesores y compañeros de muy alta calidad moral, lamentablemente en esta crónica desgraciada pareciera que los ensucio a todos. No es así, aunque al contarlo pueda dar esa impresión, es por eso que insisto en aclarar que en todas partes hay de todo, y tanto más meritorio es el buen ejemplo allí donde el malo parece ser fácilmente tolerado.
Y como macho que era, no podía rebajarme a delatar a ninguno de mi verdugos, lo cual solamente empeoraría mi situación porque además de ser el camello pasaría a ser también el "acuseta", y eso sí que hubiera sido más grave.
Y así fue; después, pasados unos años y sobre todo ya desde el lejano recuerdo y desde afuera, llegué a amar a mi querido colegio, la Gran Unidad Escolar Santa Isabel, que además de letras y números, geografía, historia y educación física, me enseñó también lo que es sufrir, lo que es joderse en el Perú si de pronto te ves rodeado de cholos que te odian por ser blanco y empiezan a vomitar todo su resentimiento sobre ti. Qué mal me suena eso, cómo me gustaría no tener que haberlo escrito.
No considero que haya sido un simple caso de acoso escolar porque el factor detonante fue la diferencia racial, factor que estuvo presente día a día y justificaba la permanente agresión.
O sea que fue acoso escolar motivado por el racismo.
¿Para qué lo pongo aquí? - Para colaborar con un grano de arena o con una mancha de barro en el afán de entender las diferentes situaciones que se dan dentro de lo que llamamos discriminación. No puedo negar que un sabor amargo me queda después de contar esta experiencia, pero nada más, logré superarlo en su momento y la mejor prueba de ello es que ahora lo esté contando abiertamente.
Esta es mi historia y mi aporte a la discusión del país del choleo, de la pitucada y de la discriminación.

Como dije en la primera parte: Que entienda quien quiera entender, aún están vivos los protagonistas; y que me crucifique, no quien quiera, sino quien pueda; porque ya no soy ese chico desamparado de doce años que no entendía lo que le pasaba. Tengo un par de historias más que tienen que ver con el racismo, cosas nada extraordinarias y que por eso mismo deberían llamarnos a reflexión. ¡Qué país es el nuestro!

Que nadie se haga el inocente.


Hoy tampoco habrá poesía pues no está el horno para bollos.
~

domingo, 25 de septiembre de 2016

Discriminación en el Perú I

Parte 1 de 2


elotroladodelima.blogspot.com/


Cómo cualquier (ignorante) discrimina a los cholos.



En el Perú se da el caso indignante en que la población autóctona a sido discriminada y despreciada durante siglos por extranjeros venidos de no importa dónde, sin visa ni invitación. Los primeros fueron los que llegaron con bandera española y durante la invasión y robo llamados "conquista" fueron ayudados por algunas tribus o grupos de indígenas que estaban en lucha con los incas, y así, encauzando astutamente las divisiones internas para lograr apoyos circunstanciales; además de tener la ventaja de ser los únicos poseedores de armas de fuego y caballos; lograron ir haciéndose más poderosos consiguiendo ocupar pueblos y ciudades, pero a sus ocasionales aliados los veían siempre por encima del hombro, con desprecio. Solamente contaba la utilidad que podrían proporcionarles.

Luego sus descendientes, como cómplices y admiradores de tan discutible hazaña, acomodaron la historia para hacernos creer que un puñado de valientes conquistaron un gran imperio en pocos meses, cuando la verdad es que la lucha continuó hasta el año 1576 o más, habiendo constancia de otros incas que guerrearon después de la muerte de Atahualpa (a quien la historia oficial presenta como el último Inca) resistiendo desde la desaparecida ciudad de Vilcabamba, que fue la última capital del Tawantinsuyo después que el Cusco cayera en manos de los invasores.1

Pero ese tema es más extenso, sólo permítaseme decir que los indios (así llamados erróneamente) lucharon valerosamente, y al igual que en norte América, se hicieron también de caballos y hasta de armas de fuego que le robaban al enemigo, aunque no en cantidad suficiente como para lograr desalojarlos, sí para hacerles mucho más difícil la victoria que hoy nos presentan tan fácil e injuriante para la raza local.

El basureo y el desprecio vienen de lejos.

Mientras la lucha seguía palmo a palmo, los españoles fundaron su capital en un extremo del valle del río Mantaro, un lugar que hallaron tan agradable que le pusieron de nombre Jauja, que no es nombre inca ni huanca, es el nombre de un paraje imaginario basado en una leyenda de los españoles que habla de tierras maravillosas, una especie de paraíso terrenal donde todo es fácil y abundante, el clima agradable, el mejor lugar para vivir. A pesar de eso, tuvieron que dejarlo y salir huyendo a la costa para estar cerca del mar y embarcarse en caso necesario, así de precaria era su situación por esos días de 1535 cuando la lucha contra el imperio Incaico recién comenzaba; tras cruzar los Andes viajando hacia occidente llegaron, cerca del río Rímac y casi a orillas del océano Pacífico, a un hermoso valle y el 18 de Enero de ese año fundaron Lima. Como vemos, era verano, el sol radiante y la temperatura agradable los cautivó; dicen que preguntaron a algunos lugareños, porque en todas partes había pobladores autóctonos, qué tal era el clima allí durante el resto del año.



- Igual, señorceto, igual. Los jodió un indígena que por lo visto tampoco era muy inocente. Hay quien dice que fue un cacique llamado Taulichusco quien les jugó esa broma y los llevó a fundar la capital en un lugar que ostenta el dudoso título de poseer uno de los peores clima del país.



Lima tiene sólo tres meses de sol y nueve meses de niebla y humedad, aunque mantiene bien hidratado el cutis de las damas y caballeros - ¡bellas limeñas cómo gustan! - es terrible para la salud en general y los pulmones en particular.

Es así que siglos más tarde los limeños volvían a Jauja para curarse de la tuberculosis causada por la humedad, la falta de sol y la mala vida, o buena vida si se trata de las parrandas y amanecidas de señoritos de la alta sociedad y de bohemios de diversas categorías. Porque un criollazo caldo de gallina tomado en La Parada cuando ya amanece, tras una noche de orgiástica parranda, seguro que cae muy bien, pero no es suficiente para reparar el daño causado al organismo después de una maratón de amanecidas y chupaderas consecutivas. Eso, la fuga de bohemios, de cierta discutible manera enriqueció a la sociedad Jaujina y de paso a la Huancaína (Huancayo está allí cerca, a 50 km. y a la larga superó a Jauja en cuanto a desarrollo en general).

Lo que se ve es que al Perú siempre lo gobernaron los extranjeros y sus descendientes (biológicos o ideológicos) desde Lima, desde la costa, con la mirada puesta en el mar y de espaldas a un país que les era desconocido.

Los habitantes del resto de la costa eran considerados de segunda clase; los serranos estaban mucho más abajo en la clasificación, eran despreciados sin siquiera entender su idioma ni su cultura; los amazónicos ya ni hablar; eran considerados como monos que no habían terminado de evolucionar, de los cuales casi nadie sabía nada de nada, ni les importaba saberlo, lo que importaba a los limeños era que "tenían" una fabulosa y rica selva amazónica, peruana por supuesto, que la explotaban y la explotarían aún más a su debido tiempo.

Muchos de esos mal llamados monos o "charapas2", que en el imaginario de los urbanos habitaban su selva (de ellos: de los limeños) sin diferenciar de qué tribu o región fueran, no estaban ni entrados que existía y que formaban parte de algo llamado país y que tenía por nombre Perú.

Volviendo a los pobladores de la capital: Creían que ser limeños los hacía superiores a los demás peruanos, a pesar que gran parte de dichos limeños ni siquiera había salido de su gris y opaca ciudad a recorrer aunque sea una mínima parte del vasto territorio que desde su maliciosa ingenuidad se atribuían como propio. Yo vi a muchos de ellos asombrarse al descubrir en la sierra que el cielo es azul y las nubes blancas. Nunca antes lo habían visto de esa forma, acostumbrados como estaban a su gris atmósfera.

Los serranos se enteraron que existía algo llamado Perú mucho antes que sus connacionales de la selva; porque de la sierra, por sus propias características y por estar más cerca, salía la fuerza de trabajo para la agricultura, minería y trabajo en vías y ferro vías; así como la ¿carne de cañón? necesaria para engrosar las filas de ejército, marina, aviación y policía, siempre en rangos subalternos, claro, no iba a ser General del Ejército un cholo3 que ni sabe hablar, no iba a gobernar un barco un indio que nunca había visto el mar, no iba a pilotar un avión un auquénido que sólo había visto volar cóndores o chihuacos, ni iba a ser jefe de policía un cholo introvertido de impredecible comportamiento y nulo raciocinio. Así los veían en Lima. Entonces ¡A la tropa, nomás, qué más iban a ser!

Vergonzosas derivaciones: Paisana Jacinta.


Después, en años más recientes, se dieron casos vergonzosos de la persistente falta de cultura de la población urbana, sobre todo entre los a-culturados de Lima que son quienes manejaban los más importantes medios e instituciones del país. El caso más vulgar y que involucra a gran parte de la sociedad: la invención (y peor aún: el éxito) de La paisana Jacinta: ejemplo inmundo de esencia discriminadora sin base ni sustento alguno. Un personaje indefinido de aspecto repulsivo y de comportamiento errático que dice representar, en supuesta parodia, a la mujer serrana. Para comenzar mi alegato: mujeres serranas hay muchas y variadas, pero ninguna que se aproxime siquiera al esperpento mencionado. La paisana Jacinta no es una caricatura de la mujer peruana, es un reflejo del acomplejado limeño que proyecta en ese personaje todo lo que de sí mismo quiere esconder, lo que le asusta porque tal vez lo siente demasiado cerca; no es lo que ve en las verdaderas cholas si es que ha visto de cerca a alguna, es con lo que teme ser identificado o confundido; entonces en una burda huida hacia adelante, inventa ese detestable personaje para burlarse de él y ponerse a salvo de ser visto como lo que tanto desprecia: un cholo serrano. Él quiere verse a sí mismo como lo mandan Hollywood, Washington o Londres; triste alienado sin cultura que quiere identificarse con el gringo bacán o con el europeo elegante sin saber siquiera quien mierda es él mismo... perdón, se me salió la mierda porque tampoco soy de fierro y uno tiene su genio, qué le voy a hacer.

Lo más bajo.


Es así que en el Perú, tristemente, el cholo ocupa el peldaño más bajo en el orden discriminatorio. Está aún por debajo del negro, ni que decir del chino o del coreano, ellos ocupan puestos más altos y a pesar de ello a veces se quejan de discriminación ¡que no jodan! aquí los discriminados de verdad son los cholos, que se discriminan incluso entre ellos dentro de una alucinante categorización intra racial que determina gradaciones de creciente o decreciente choledad.

Los japoneses, al menos hasta antes de Fujimori (ahora no sé cómo será) eran bien vistos, a veces se les discriminaba por envidia, con escaso éxito, pues eran reconocidos como poseedores de una especial inteligencia.

Los blancos y los de cualquier otra raza también pueden ser discriminados en el Perú, todo depende de las condiciones particulares de cada caso, pero tratándose de situaciones puntuales y concretas, las excluimos de la presente clasificación. Sin embargo, más adelante ofreceré una muestra real y concreta de esta variante.

Observemos la patética historia actual, gran parte de los peruanos acepta ser cholo justamente cuando no se le ve tan cholo y cree estar a salvo de una verdadera choleada4 o choleo de parte de los demás ¿cholos?, porque está de moda defender lo cholo, pero hasta ahí nomás, porque quienes adhieren a esta nueva onda son por lo general cholos pitucos, chuchis, cholos bacancitos, cholos no tan cholos, pero que al fin de todas maneras merecen consideración porque a su manera y desde sus posibilidades tratan de enderezar el camino torcido de nuestra historia. Creo que la verdadera lucha por la igualdad se desarrolla en el resto del ámbito nacional, alejada de los centros mediáticos y de poder. Ya nos darán una muy buena sorpresa que al menos quien ésto escribe (o sea yo) la espera con emoción y optimismo.

¡Rompan filas!


Pero hay otros integrantes de la población, y son muchos, que quieren separarse completamente de la cholería, quieren tirar el bulto y cambiar su origen, su presente y su aspecto; como nuevos Michael Jacksons, abrumados por el desprecio a lo cholo y a los cholos, y no sólo por falta de ganas de luchar sino que llevados por su ansia, nacida seguramente del bombardeo mediático, de pertenecer al grupo de los elegidos; hacen lo que pueden y lo que no pueden por cambiar su fisonomía y separarse de una vez por todas de la indiada: tintura y ondulación de cabelleras, aclaración de cutis, cirugías plásticas (en especial de narices) para borrar rasgos delatores de esa esencia andina que ni quieren ni conocen; nombres extranjeros, estrafalarios o de misterioso origen, se hacen comunes: John, Charly, Kardy, Vanezza, Nicky, etc. etc. no siempre bien escritos, que eso no importa tanto; siempre es más fácil ponerse un nombre extranjero que cambiar un apellido autóctono mal apreciado, entonces con el nombre lo compensan y por allí van los Johnnys Yupanquis o los Washingtons Chuquichaycos. Son formas de irse separando de lo que debiera ser suyo, de su orgullo y su razón de ser.

Hay casos que dan vergüenza ajena. Cholos que se hacen pasar por hindúes o pakistaníes, o por mexicanos, o por lo que sea, todo menos ser cholo; cualquier cosa es mejor que ser cholo y sufrir choleadas. A ese punto se ha degradado la condición de los hijos del país, los tristes herederos de los Incas y de los Huancas (quechuas), de los aymaras y arawaks, y de las otras civilizaciones. tanto pre incas como de las que convivieron en esos años de lucha contra la invasión europea.

Reflejo en la política. 


No necesito decir que hasta en la política se dan esos casos de sometimiento a una cara o a un apellido, al contrario, es justamente allí donde se da la más escandalosa muestra de lo denunciado en estas líneas que pueden parecer ofensivas, pero puede ser que la supuesta ofensa sólo la vean quienes se resisten a entender, quienes no acepten nada de lo expuesto aquí, por eso digo Que entienda quien quiera entender, y quien no, pues que busque cualquier argumento para salir airoso con el complejo metido en el bolsillo.

Creo que en el Perú no sería posible un Evo Morales. Cuánto quisiera estar equivocado.

Así como están las cosas, por esta vez no habrá poesía.
~

(La segunda parte tratará de mi experiencia personal, la otra cara de la moneda, el próximo domingo - Gracias a quienes me honran brindándome su valioso tiempo)


1 Historia de la reconquista Inca.

Edmundo Guillén Guillén , Dr. en Historia , Dr. en Educación y Abogado.

2 Charapa. Gente de la zona de Iquitos, la única ciudad de la selva que merecía llamarse tal. Por derivación y desconocimiento se solía llamar de esa forma a cualquier individuo proveniente de la vertiente oriental de los Andes.

3 [persona americana] Que es mestizo de razas blanca e indígena y en el que, generalmente, prevalecen los rasgos étnicos indígenas.


4 Cholear: Insultar, sobreentendiendo que ser cholo es ser inferior.

domingo, 18 de septiembre de 2016

El gran Perogrullo


eldelyayo.blogspot.com


Cada vez que se dice una verdad obvia, algo ya sabido y de lo que no se discute, se dice que se trata de una perogrullada - es de Perogrullo decir tal cosa - se escucha y/o se lee por ahí, por cualquier parte quiero decir. Es de Perogrullo... ¿Entonces? ¿Existe o existió Perogrullo?
Veamos, como dijo el ciego.
No parece muy probable que haya existido, parece que fue una invención para apoyar el dicho, supuestamente se llamaba Pedro Grullo y para más inri era profeta, antes de éste los profetas eran cosa seria (o la gente era más ingenua), no como ahora que cualquier tipejo, tipito o tipazo se mete por youtube a profetizar cosas que no se cumplen nunca, menos mal, a no ser los que "profetizan" lo que ya pasó o está pasando. ¿Algo como éstos últimos habrá sido Pedro Grullo? tal vez... Como si ya no tuviéramos bastantes, encima inventaron uno, seguramente que para unificar en un ente imaginario a todos los perogrullos del planeta. Algo así como el arquetipo platónico del simplón. Pero no del planeta entero, sólo de nuestro idioma, porque hay que mencionar que en otras lenguas existe el equivalente al castellano Pero Grullo. Mantengámonos en el idioma que nos interesa ahora.

- Profetizo que mañana sale el sol por el oriente, si es que no amanece nublado... y claro, así cualquiera acierta. Si no fuera por este grandísimo profeta sólo podríamos decir: estás hablando cojudeces, ahora además de éso también podemos expresarnos de otra manera: estás diciendo perogrulladas. Personalmente prefiero la primera, es más auténtica, más cercana a la realidad, la perogrullada es como medio rebuscada, no digas cojudeces y punto, es más directo y sin tanto pero ni grullo. Para los más delicados tenemos la palabra sandeces, y para los menos delicados está la más atrevida: huevadas; y no esperen que les explique de qué huevo deriva la expresión porque no soy especialista en sandeces, cojudeces ni huevadas, aunque pueda parecer... sólo soy aficionado.
Y ya que de perogrulladas se trata, aquí van algunas de ellas.




Perogrulladas


Verdades de Pero Grullo
en seguida les presento,
que han de gustarles intuyo
sino para qué les cuento;

hay cosas que son verdades
de las que nadie discute,
mas hay ciertas variedades
que poca gente deglute,

está bien cuando se trata
la verdad si viene entera,
pero el asunto naufraga
si es una cosa fulera.

Aquí van unos ejemplos
de verdades perogrullas
ojalá valgan el tiempo
de leerlas una a una:

Si es redonda y tiene brillo
de seguro que es la luna...
no busques en mi bolsillo
que allí tengo la vacuna;

mira sobre tu cabeza
y qué ves, el falso techo,
que no te cause sorpresa
si está bien firme y derecho.

Tienen color y perfume
tus bellas y hermosas flores,
espero que no te turbe
que mi animal las devore;

aunque no es vegetariano
sabe apreciar la ensalada;
y ese otro, aunque es enano,
sabe tenerla elevada.

Amanece y es de día:
gran verdad incontestable;
estuve en la infantería...
¿Quieres que te muestre el sable?

Si dice miau es un gato,
si dice guau es un perro;
si se escondió en el ropero
seguro que está calato.

Cuando llueve cae el agua,
cuando escampa sale el sol;
si te pica una malagua
te ayudo con la loción.

Ayúdame a sujetarla
bien fuerte con las dos manos;
que si suelto la ballesta
no sé dónde va el disparo.

Oscuro cuando es de noche
y claro cuando es de día,
deja que te desabroche:
¡habrá gran algarabía!

Derecho es que está recto,
es curvo si está doblado,
y todo será perfecto
cuando te tenga a mi lado.

Entre dos hacen un dúo
y tres ya forman un trío,
cuando vengan en tumulto
será grande el vocerío.

Hay muchas perogrulladas
en cantidad infinita,
pero tengo una guardada
para ti, mi mamacita.

~